Escribí sobre mis amores, sobre mi familia, mi música, mi vida académica y termine escribiendo sobre quien hoy es mi novio. Hoy escribiría otro pedazo más sobre mi familia, uno muy largo, acídico y desagradable. Escribiría un poco sobre mi vida académica, más que nada sobre lo mucho que amo mi carrera y, irónicamente, lo mucho que me cuesta cumplir con ella de manera apropiada. Escribiría un texto metalingüístico, contando lo mucho que aprendí del hermoso castellano, pero aun así sin poder reflejarlo en el enunciado. Pero, más que nada, escribiría sobre lo mucho que me odio en este momento, las nauseas que siento al pensar en mi guerra interna.
Lo mucho que me odio. Lo mucho que puedo herir a los que me rodean. Lo increíblemente egoísta que resultó ser mi naturaleza. El abismo lejos que estaba lo que yo creía de mi misma, en comparación con lo que hoy veo que soy. El miedo que me estruja la boca del estómago cada vez que tomo en consideración cualquier accionar de redención. El estrecho vertical y profundo que recorre mi autoestima cada vez que recuerdo lo fácil que fue lograr todo esto. Fácil, simplemente fácil. Y vuelven las nauseas.
Soy buena en muchas cosas, y una de ellas es mi infalible capacidad para arruinarme. Todo lo que lucho por construir, batallas que siempre quedan a pasos de la victoria, lo rompo con el más mínimo esfuerzo. Y en esos momentos, siempre escribo.
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