Mentira. Como cada factor que modifica nuestras vidas, es puramente condicional. Hay quienes se vuelven más sabios, absorben aprendizajes que los vuelven mejores personas.
O están los típicos cincuentones de clase media argentinos, que cuanto más grandes, más pelotudos.
Yo no entiendo al argentino. Cómo una persona puede ser tan indiferente a todo lo que pasa a su alrededor, pero aún así, tener una fuerte opinión al respecto, es un cuestionamiento que va más allá de lo que mi imaginación pueda solucionar. Cómo la gente puede ser tan sorda y ciega, es algo que mi mente ya ni quiere responder.
Porque después los que estamos podridos somos nosotros, la juventud. "¡Lo único que hacen los pendejos ahora es drogarse y tomar y rascarse!" Es ahí cuando se aplican las generalidades, las masas enbolsadas con una etiqueta, disponibles para una ocasional queja de la vida, y listo, problema solucionado.
Y así nos hundimos. El argentino es una víctima, víctima de los políticos, víctima de los chorros, víctima de las villas, de las mafias, del socialismo, de los aberrosexuales, de los sistémas educativos. Pero cuando el argentino tiene la oportunidad de hacer algo al respecto, desaparece, no existe.
Es como la gorda que se queja infinitamente sobre su grasa y sus kilos, pero no hace nada al respecto. ¿Sabés qué, piba? Yo también fui gorda. Pero me puse las pilas y bajé de peso. Así que hacé algo o no me rompas las pelotas.
Eso me hubiese gustado decir hoy. Como es usual, mi reunión familiar fue abismal. Ser bisexual y de indefinida política centro-izquierdista en mi familia es cuasi suicida. Y tuve que bancarme dos horas de sobremesa con mis dos tios argentinos despotricando sobre cosas de las que ya no saben. No realmente. Porque uno vive en su campo, tranquilo y cómodo como buen chacarero, y el otro es un inadaptado social y adicto al trabajo, sin hijos ni pareja. Pero lamentablemente, soy yo la que voy a Capital todos los días, soy yo la que escucho a mis amigos y conocidos de todas clases sociales y situaciones, la que vivo en este país. Y lo agradezco. Agradezco no ser como ellos, encerrados en su burbuja, viviendo con la madre y leyendo el diario La Nación como si fuese la biblia. Pero soy yo la que me tengo que callar la boca, y ser una buena nena. No meterme en las conversaciones de adultos. No opinar donde mi opinión es innecesaria e ignorante.
El día que se muera mi abuela, los voy a mandar a todos a freir churros. Les voy a contar de todas las veces que me cojí a una mujer, y de todas las veces que aplaudí a Cristina Fernandez. Y si tienen un modicum de amor hacia mi persona, me aceptarán. Y sino, ellos sufrirán la pérdida. Yo ya los di por perdidos años atrás, cuando descubrí mi sexualidad y noté que eran todos homofóbicos. Peor no me va a hacer.
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